Comprensión de textos:Tío Conejo come raspadura con queso

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Cierto día, Tío Conejo caminaba cerca de la casa de un campesino, cuando de pronto le llegó, a la vez, un olor delicioso, como a miel y leche fresca. Y debido a que tenía mucho tiempo de no comer, se dirigió a donde lo llevaba su nariz. Se asomó por la cerca de arbustos de la propiedad, y entonces vio que el campesino y su hijo estaban llenando varios sacos de quesos y otros, de raspadura. El hombre cerró los sacos, los cargó en su camioneta y, de inmediato, se montó en el carro y se marchó. “Seguramente —pensó Tío Conejo—, va a venderlos al mercado”.

Decepcionado, Tío Conejo tuvo que conformarse con desayunar unas raíces. Cada vez que las masticaba, se acordaba del campesino. Entonces, se dijo en voz alta:

—¿Cómo haré para comerme el queso y la raspadura?

Desde ese día, Tío Conejo no pudo pensar en otra cosa. Empezó a vigilar al campesino y se dio cuenta de que todos los viernes, muy temprano, el hombre volvía a llenar sus sacos de queso y raspadura, y se marchaba.

Entonces, al hambriento conejo se le ocurrió una ingeniosa idea o, al menos, eso parecía. Al siguiente viernes, muy temprano, Tío Conejo se dirigió al camino por el que salía siempre el campesino y se tiró en mitad de la calle, con la esperanza de que el hombre lo levantara y lo pusiera en la parte trasera de la camioneta.

Sin embargo, el campesino no lo vio y, más bien, casi lo atropella con el carro. Tío Conejo gritó muy fuerte:

—¡Cuidaaaaadoooooo!

Pero el ruido del motor no le permitió al campesino oír el grito y continuó su camino como si nada. Por fortuna, Tío Conejo estaba muy flaco y la camioneta era muy alta, así que aquello no pasó de ser un buen susto.

La segunda vez, Tío Conejo cambió de estrategia. Colocó una señal de desvío junto a un rótulo que advertía: “Calle en mal estado”. El hombre se extrañó un poco, pero tomó el desvío. Se trataba de una ruta sin asfaltar. Tuvo que reducir la velocidad. Tío Conejo saltó a un lado del camino y esperó a que su plan esta vez sí funcionara. El campesino se detuvo, se asomó por la ventanilla, observó al animalito y pensó en voz alta:

—¡Pobre conejito! ¿Quién lo habrá matado? Lo recogería, pero está tan flaco que a lo mejor tenía una enfermedad.

El hombre siguió de largo, y el plan de Tío Conejo se frustró por segunda vez.

Dicen que a la tercera va la vencida, y efectivamente así fue. Una vez más, Tío Conejo colocó el letrero que decía “Desvío” y saltó en medio del camino. Sin embargo, esta vez sacó pecho para no verse flaco, y se untó el cuerpo con tomate para hacerle creer al campesino que estaba herido.

Cuando el campesino lo vio, exclamó:

_¡Vaya, vaya! ¡Parece que este camino es muy peligroso para los conejos! Seguro a este lo atacó un animal de gran tamaño, pero el ruido del carro lo asustó y dejó tirada su presa. ¡Pobrecito, todavía se ve la sangre fresca! Lo voy a poner en la parte trasera del carro y lo enterraré más tarde en la finca.

¡Justo lo que Tío Conejo tanto deseaba! Una vez arriba de la camioneta y tan pronto como sintió que volvía a arrancar, empezó a buscar los quesos y la raspadura.

Tío Conejo utilizó su par de dientes delanteros, grandes y afilados, para hacer un agujero en uno de los sacos y sacar un queso. Estaba envuelto en un trapo que lo protegía. Después,
sacó otro queso. Y luego otro. En cuanto los sacaba, los tiraba a un lado del camino con el propósito de regresar a recogerlos.

Cuando terminó con los quesos, hizo lo mismo con el saco de raspadura, y el pobre campesino, confiado, nunca se dio cuenta de nada.

Después, Tío Conejo recogió los quesos y la raspadura y se los llevó a su cueva, donde los escondió bien. Ya empezaba a caer la noche, y se dirigió al río. Se sentó sobre una piedra y se dedicó a comer queso y raspadura, y a tomar pequeños sorbos de agua entre un bocado y el siguiente.

Cuento popular panameño (adaptación)


   

 

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Ministerio de Educación / Dirección Nacional de Curriculo y Tecnología Educativa
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Cierto día, Tío Conejo caminaba cerca de la casa de un campesino, cuando de pronto le llegó, a la vez, un olor delicioso, como a miel y leche fresca. 

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