Un día la enredadera de jazmín anunció en alta voz a las plantas que convivían con ella en el balcón:
—¡Estoy más aburrida que un hongo! Cualquiera lo estaría de estar en un mismo sitio haciendo lo mismo todo el tiempo. Lo que soy yo hoy mismo me voy de paseo.
Y sin pensarlo dos veces, se desenredó, se estiró lo más que pudo y tomó rumbo hacia la sala de la casa. Allí hubo mucho que ver, palpar, olfatear, escuchar y observar. En las paredes había pinturas atractivas.
Las tablillas estaban ocupadas por artesanías de todas partes del mundo. Había muchos pequeños cofrecitos de madera, de cerámica y de cuero, y en cada uno había un papelito con un pensamiento. ¡Se
podrán imaginar lo mucho que se entretuvo la enredadera!
Nadie se percató de la mudanza de la enredadera a la sala. ¿Cómo iba a notarlo mamá Delia, si se pasaba el día en el trabajo y cuando regresaba a casa corría a su estudio para sentarse frente a su laptop
para atender su correo electrónico, navegar y chatear. ¿Y cómo se iba a dar cuenta papá Pedro, si apenas llegaba del trabajo se acomodaba en su ancha poltrona, lanzaba sus zapatos, prendía la televisión
y de allí no se movía hasta que le diera sueño? Apenas si sacaba tiempo para prepararse un sándwich en los anuncios. ¿Y cómo ibaa saberlo Pedrín, si apenas terminaba su tarea, se ponía a jugar con su Nintendo?
Al ver a cada quien en lo suyo, la abuela que les visitaba de cuando en cuando intentó hacer la vida de Pedrín más activa:
—Ese niño necesita tener un perrito —dijo.
En menos de lo que canta un gallo, mamá Delia y papá Pedro le compraron a Pedrín un perrito; solo que era un perrito de Nintendo. Según los padres, el perrito era ideal para un apartamento. Pedrín estaba
más que feliz con su perrito. Cuando la abuela hizo la recomendación no imaginaba cuán cibernéticos se habían convertido mamá Delia, papá Pedro y Pedrín. Cuando hizo la sugerencia ella pensaba en un
perro de carne y hueso que le quitara la inercia a Pedrín y lo motivara a correr, brincar, tomar aire fresco, y le dijo:
—Pedrín, ¿cómo puedes divertirte con un perrito de mentira?
—Abuelita, mi perrito es casi de verdad, solo le falta hablar. Es mejor que un perro de carne y hueso. ¿No te das cuenta de lo vivo que es?
Por no pasar de anticuada, la abuela respondió con fingido entusiasmo:
—Sí, ¡me parece genial! ¡Ay, qué lindo! ¡Ay qué gracioso! ¡Ay, ay, ay!
Tan ocupados estaban mamá Delia, papá Pedro y Pedrín, cada uno en lo suyo, que apenas si tenían tiempo de saludarse y conversar, mucho menos para recibir visitas.
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